Una pesadilla muy real

Me levanté tamprano, como siempre antes que mi esposa y mi hijo. El niño, quien toma su leche alrededor de las 6:00 am, se quedó dormido entre su madre y yo.

Al salir al comedor, prendo el calentador y me siento en la computadora en lo que el efecto del calor incide en el agua. Todo sucedió tan rápido, solo escuché un pum pum, a lo que atiné a decir: “…ay mi hijo”. Corrí a la habitación y allí estaba, tirado en el suelo, boca abajo y llorando desconsolado.  Su madre que con el sonido del golpe de su cuerpo al caer sobre el piso, desperto con lagrimas y gritos saliendo de toda su existencia, se avalanzo sobre la creatura al mismo tiempo que yo lo hice.

Lo cargamos, lo revisamos, quitamos su pijama para ver cualquier tipo de contusión tapada por el textil. Pasamos la mano por su cabeza buscando el “chichon”,  finalmente no encontrado, revisamos sus brazos y piernas, no encontramos nada, solo las lagrimas que cayeron en mi camisilla

Mi cama tiene aproximadamente dos o  tres pies de altura. De esa altura cayó mi bebé. Fueron minutos surreales para mí y mi esposa. Como era posible que el niño que dejé durmiendo plácidamente en la cama, acorado por mi almohada ahora lloraba por el dolor o el susto de ese evento. De imaginarlo se me hace un nudo, no solo en mi garganta, pero en todo el cuerpo.

Yo creo firmemente que Dios cuida de nosotros y nos damos cuanta cuando nos vemos en situaciones adversas que quizás en ese momento no escalaron a circunstancias mayores.

Como todos los días, dejé al niño con sus abuelos y cuando me despedí de El me regaló un sonrisa que yo interpreto como: “…papi, no te preocupes, estoy bien”.

Hoy la cama no es obstáculo para Isaac. Sube y baja con mucha facilidad. Eso muestra del desarrollo que ha experimentado.

De esto hace más de un año y medio y todavia doy gracias a Dios por haberlo cuidado.